Tendencias de alimentación ¿comida rápida y saludable?

Martha Beltrán 19/04/2012 0
Tendencias de alimentación ¿comida rápida y saludable?

En la actualidad la alimentación y la sociedad están ligadas de forma muy estrecha. El estilo de vida de las personas evoluciona constantemente y esto influye en su alimentación. Mientras que en un principio la alimentación se entiende como una función meramente fisiológica, en la actualidad depende de factores aparentemente tan alejados como el social, el psicológico, el económico, el religioso o el cultural

Los criterios de elección de los consumidores se transforman y se adaptan a una sociedad cada vez más cambiante. En los últimos años se ha  producido una “individualización de los estilos de consumo” fruto de toda una serie de cambios en los hábitos de consumo,  comprender el hecho alimentario es muy complicado. Es necesario buscar un equilibrio entre lo que tenemos a nuestro alcance y las necesidades fisiológicas. Este equilibrio es imprescindible ya que la población, pese a ser cada día más sedentaria, no es considerado a modificar los aportes energéticos. Actualmente una de las principales preocupaciones de la salud pública son las enfermedades nutricionales.

Para el hombre y para la mujer de hoy en día, el hecho alimentario es un continuo conflicto que se puede resumir con una simple cuestión: ¿Qué debemos comer? Frente al dilema entran en juego los mensajes externos que aportan tanto la cultura y la tradición.

Los mensajes de productos de alimentación están presente en la prensa, televisión, campañas informativas y formativas, en las etiquetas de alimentos o en la publicidad. ¿Cómo afecta esta avalancha de información a las decisiones de los consumidores?

En las últimas dos décadas la alimentación se ha convertido en el gran foco de atención de mensajes de todo tipo. Ello se debe a muchos factores. En primer lugar, este fenómeno es indisociable a la expansión de los canales de comunicación: en estos 20 años hemos tenido más canales de televisión, más periódicos y nuevas formas de comunicación asociadas a las nuevas tecnologías. En paralelo, han tenido lugar muchos procesos de innovación en publicidad, marketing y todo tipo de estrategias de comunicación, que han transformado las relaciones entre productores y consumidores y los criterios de elección de estos últimos. También la sociedad ha cambiado y los estilos de vida se han vuelto más diversos, lo que nos lleva hacia la individualización de los estilos de consumo. La manera en la que esto afecta a los consumidores es muy variada, pero me gustaría destacar dos: un crecimiento exponencial de los mensajes sobre alimentación y una gran diversidad de respuestas ante una oferta cada vez más amplia, no todas deseables desde el punto de vista de la alimentación saludable.

Además, estamos en un momento en el que comer se concibe como una fuente de placer. Este placer también lo relacionamos con actos de sociabilización como son las comidas de negocios o los eventos familiares. En estas ocasiones, la comida no responde a una necesidad física sinó al mero deleite.

La búsqueda del placer o la preocupación respecto al peso lo son mucho más. También es cierto que existe un gran desconocimiento sobre cuáles son los mecanismos concretos de protección, sobre las tecnologías alimentarias o el conjunto de procesos que llevan a los productos de la granja a la mesa. Ello propicia una cierta vulnerabilidad de todo tipo de productos, sobre todo los más novedosos o basados en tecnologías más avanzadas, a mensajes que pongan en duda su seguridad, más allá de que dichos mensajes estén o no bien fundamentados.

Los patrones inadecuados de conducta alimentaria aumentan las cifras de prevalencia del sobrepeso y obesidad.

Las actuales y elevadas cifras de prevalencia de sobrepeso y obesidad están relacionadas, entre las múltiples causalidades, con unos patrones inadecuados de conducta alimentaria y estilo de vida. De manera específica, responden a un desequilibrio energético positivo entre dos variables: la “entrada” de energía en forma de Kilocalorías por medio del consumo de alimentos y la “salida” de las mismas a través del gasto energético. No obstante, en esta ecuación intervienen en cada caso particular múltiples elementos que pueden condicionar el mencionado desequilibrio. Son complejas cuestiones genéticas, metabólicas, sociales, económicas, psicológicas, culturales, entre otras.

De la misma manera la nueva situación en el ámbito alimentario está relacionada con un incremento del desarrollo de enfermedades cardiovasculares, de un aumento de la diabetes y un incremento de casos de cáncer, entre otros problemas, con las consecuencias que todo ello conlleva. La sociedad se enfrenta pues a un incremento de los enfermos crónicos, con una peor calidad de vida y un aumento importante del gasto sanitario.

 

El actual estilo de vida

Ensaladas variadas, mezclado de fruta fresca, jugos de frutas y bebidas light son los protagonistas entre el creciente número de alternativas dietéticas equilibradas de los fast-food. Sin embargo, su apariencia saludable se diluye entre los ingredientes extra que se añaden, salsas y cremas de acompañamiento que maquillan la intención de comer un plato saludable. La oferta de los establecimientos de comida rápida incluye ensaladas, pero también sugiere aliñarlas con sus genuinas salsas y aderezos, lo que convierte a la ligera ensalada en un plato muy energético. La inclusión de queso, tiras de pollo fritas, frituras, dados de pan fritos o nachos supone un aumento notable de las calorías del plato y de las grasas. Una ensalada de lechuga, maíz, tomates cherry y pepino contiene por ración alrededor de 55 calorías (sin contar el aderezo); si se añade vinagreta , suma unas 90 calorías más. La misma ensalada con tiras de pollo crujiente es 5 veces más calórica (260 calorías) que la original; mientras que la que se elabora con tiras de pollo a la parrilla (en lugar de rebozadas y fritas) registra un aporte energético intermedio (145 calorías).

Los postres

En numerosos restaurantes de comida rápida se ofrecen frutas troceadas o yogur, pero si se acompaña con caramelo, miel o chocolate, complementos al alcance del cliente para que sirva la cantidad que desee, el valor nutritivo se modifica. Si se opta por postres más dulces como brownies, pasteles, bizcochos, crepas y helados, el valor energético es mayor. Y si además se combinan varias propuestas el resultado todavía es peor. De las ya 355 calorías que proporciona una ración de brownie de chocolate, pasa a las 411 si lleva una porción de helado. Si al helado de vainilla que aporta 257 calorías se le añade chocolate, se aumenta en 61 calorías un postre ya de por sí muy calórico.

Las bebidas light

La diferencia en calorías entre un refresco pequeño (300 ml, 126-156 calorías) y el grande (500 ml, 210-260 calorías) es considerable. La ventaja que ofrecen las bebidas refrescantes light es que el valor energético es cero, con independencia del tamaño. Ahora bien, el consumo continuado de refrescos no es saludable: los de cola contienen ácido fosfórico y, en exceso, provocan un efecto desmineralizante del hueso; la acidez y el alto contenido en azúcares de los refrescos, también de los zumos, deterioran el esmalte y favorecen la caries; las bebidas con gas se asocian a episodios de aerofagia, acumulación de gases en el estómago y en el intestino, lo que dificulta la digestión; y si contienen cafeína, pueden resultar excitantes y acentúan la ansiedad y el insomnio.

El tamaño de las raciones

  Es habitual la imagen de un cliente que pide una hamburguesa y el servidor le pregunta si desea otra de tamaño mayor por sólo unos pesos más. Decir que sí supone un aporte extra de 200-400 calorías que, sumado al resto del menú, puede ascender hasta 1.500 calorías, más de la mitad de la ingesta energética recomendada para una persona adulta en todo un día.

En Estados Unidos, en cuestión de 20 años, una porción de un refresco ha aumentado 260,78 gramos, las hamburguesas 50 gramos, los snacks salados 23 gramos, y las patatas fritas, 120 gramos. Fue a finales de los años 80 cuando una reconocida cadena de restauración comercializó, primero en EEUU y años más tarde en España, el tamaño “super size” para los refrescos y las patatas fritas. Esta sobredimensión ha invadido todos los segmentos de la industria alimentaria y ha llegado a nuestro país. Nutriólogos hacen la nota de que un recipiente grande de palomitas de maíz es lo suficientemente grande como para alimentar a toda una fila de personasen el cine. Aún resulta más sorprendente que los sostenedores de tazas de los coches americanos se hayan fabricado con un tamaño superior para sujetar las bebidas gigantes de uno o dos litros. El tamaño mediano actual equivale al tamaño grande de hace unas décadas, pero el cliente no paga mucho más por este aumento. Sin embargo, el exceso de comida se cobra su precio, no en dinero, pero sí en la salud del consumidor.

Son numerosos los estudios que muestran que cuanto mayor es la disponibilidad de adquirir alimentos y mayor es la porción, más se come, y no siempre se es consciente de esta conducta. Una persona no siente en general mucho reparo en comerse un panecillo tipo muffin de camino a casa o al trabajo, pero se lo pensaría dos veces antes de comer las cinco rebanadas de pan a las que equivale. Otro ejemplo claro de comer sin sentido es la comida que se hace en un establecimiento tipo buffet; los desayunos, comidas y cenas consumidos en estos lugares distan mucho de la cantidad de alimentos que, de manera habitual, se comen en casa.

En síntesis, ¿cuáles son las causas de esta situación?

La genética del ser humano no ha cambiado en unas pocas décadas. O al menos no lo ha hecho de forma tan importante como para poder atribuirle un peso destacado en las causas de la actual epidemia de obesidad. En sentido contrario, los cambios en la alimentación, en especial los referidos al aumento del consumo de alimentos con una elevada densidad energética, el incremento de las conductas sedentarias y la disminución de la actividad física son, en conjunto, el marco circunstancial que más ha podido influir. Parece que el entorno o el medio ambiente y las circunstancias sociales son factores determinantes.

Este entorno obesogénico cuenta con múltiples aspectos que lo describen: los precios de los alimentos y la amplia gama de estos muy energéticos y muy baratos, lo que facilita su consumo. En cuanto al sedentarismo, a día de hoy, resulta más cómodo para los padres dejar a los niños frente al televisor o la consola de videojuegos que salir a un parque a realizar algún tipo de actividad física. Además, la posibilidad de que los niños jueguen en la calle, como se hacía tiempo atrás, está hoy más limitada por cuestiones de seguridad y, por tanto, es menos probable.

Todo ello obliga a revisar los alimentos que se consumen para llevar una alimentación saludable. Esta revisión lleva implicados conceptos complejos, la mayoría difíciles de definir en pocas palabras y más aún de aplicar, lo que obliga a mejorar la información y a facilitar a la industria las herramientas necesarias que le permitan asumir el nuevo reto de alimentar de forma saludable a la población actual y futura. Se trata de una tarea difícil puesto que alimentación saludable puede estar ligada a varias definiciones, incluso de tipo personal, es decir, lo que cada uno pueda entender como saludable.

 

Leave A Response »